Y por fin compartes tu sonrisa

“Mi hija tiene diferentes discapacidades/trastornos/comportamientos que…

No se qué hacer para que se calme, está muy alterada, y si está con un grupo de personas, se altera aún más llegando en la mayor parte de situaciones a volcar su impulsividad en ell@s, bien golpeándoles o apretando una parte del cuerpo para hacerles daño…”.

“No se qué hacer, me cuesta entender el por qué de esos comportamientos, no se cómo podría ayudarle…”.

Y de repente, nuestros caminos se cruzaron…

Todo comenzó hace un par de años, en una sesión de musicoterapia grupal.

Nunca antes nos habíamos visto, no conocíamos nada el uno del otro, ni siquiera el color de nuestra voz.

Antes de comenzar con la sesión, los profesionales de referencia de la niña me informaron sobre su personalidad, realizando una valoración como diagnóstico y con el fin de presentármela sin tan siquiera haberla visto jamás, sin tenerla frente a mí o poder mirarle a los ojos intentando buscar en su interior y comenzar a conocerla por mí mismo, para, de esta forma, no contaminar o condicionar nuestra nueva relación musicoterapéutica.

Por fin llegó el momento de la presentación, y entre todas las personas del grupo se encontraba ella, sentada en su silla de ruedas y un tanto retirada del círculo. Llegó su turno y su mirada me atravesó cargada de información que en ese momento no pude llegar a canalizar y llegar a entender, pero ninguno de los dos apartó la mirada, en ningún momento. Yo le saludaba, le daba la bienvenida, le preguntaba por su nombre y por su estado en ese mismo instante, pero ella, no respondía, o al menos no lo hacía verbalmente, pero sí que estaba queriéndome decir cosas, su mirada era la llave de sus respuestas. A lo largo de las actividades, ella se mantenía muy distante, no participaba o si lo hacía era de forma “aparentemente desinteresada”; podía caminar, con cierta dificultad, pero podía realizar cualquier actividad, aunque cada cierto tiempo abandonaba el grupo y volvía a aislarse en su silla, que permanecía retirada del círculo general. Cualquier miembro del grupo que intentaba acercarse a ella para invitarle a volver con el resto o conmigo mismo, reaccionaba con cierta agresividad y rechazo, con lo que comenzamos a respetar su espacio.

Acabada la sesión volví a casa con millones de preguntas, a nivel grupal, pero la mayor parte eran sobre ella, sobre cómo podría descodificar toda la información recibida durante la sesión y qué objetivos plantear para desarrollar un proceso musicoterapéutico individualizado que en primer lugar nos ayudase a comprendernos y poder comunicarnos.

Con el paso del tiempo, y realizando sesiones semanales, fuimos desarrollando un vínculo afectivo/social a nivel individual, entre ella y yo y entre el resto del grupo. Ello nos ha llevado a poder desarrollar y formular nuevos objetivos, ya que contando con que el área comunicativa ha ido progresando, debíamos continuar en esa línea, consiguiendo pequeños logros día a día y avanzando en el proceso terapéutico a nivel individual y grupal.

A día de hoy, dos años después de esa primera toma de contacto, el grupo se mantiene unido, el vínculo es cada vez más potente y tod@s forman parte de un todo.

Ahora, la niña “se siente y es” partícipe del desarrollo de cada actividad, muestra sus emociones en estado puro ante el resto de compañer@s, sonríe abiertamente y disfruta de cada actividad, se relaciona de forma recíproca, se desahoga a través de instrumentos musicales, baila sola, en pareja, en grupo, se relaja…

A pesar de ello, que sin duda es muy positivo, fuera de las sesiones, es decir, en su vida diaria, continúa presentando reacciones agresivas y conductas impulsivas con algunos compañeros, familiares o personas que están en el círculo más cercano, aunque con menor medida que tiempo atrás.

Seguiremos caminando…

Ángel Girón Mesas

Musicoterapeuta

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